De la Vanguardia en paper d'avui:
Figurante 330
Los ciudadanos que participan en las pruebas de la T1, unos 300 por sesión, se impresionan por la enormidad de la nueva terminal de El Prat, pero detectan defectos y disfunciones
FRANCESC PEIRÓN - Barcelona
Las tribulaciones de este figurante de la T1, aún sin identificar, arrancan en la plaza Espanya, a las ocho y media de la mañana del pasado jueves. No hay equipajes ni, curiosamente, cámaras fotográficas en estos tiempos digitalizados. Tampoco se percibe la excitación del viajero que se prepara a partir sin un destino claro, al estilo de León el Africano - "soy hijo del camino, caravana es mi patria y mi vida la más inesperada travesía"-,según Maalouf.
Así que todos los que acuden puntuales a la cita entre las torres venecianas - todos, excepto los organizadores, de la empresa Manpower-aguardan a que se les traslade hasta la nueva terminal del aeropuerto de Barcelona. Ahí emprenderán un viaje a ninguna otra parte que a su propia imaginación. "No sólo nunca he volado, sino que es la ocasión en que estoy más cerca de un avión". Es lo que dice Maria Queral horas después en la enormidad del edificio de más de 500.000 m2diseñado por Bofill.
Enorme y luminoso. A estos viajeros imaginarios, que participan en la séptima sesión global de pruebas en la T1, les cautiva esa claridad ambiental - pese al incesante aguacero exterior-,que incrementa la sensación de inmensidad. Pero también deja la imagen de espacio inacabado, en el que los observadores encuentran defectos y disfunciones.
"Pensaba que estaría más avanzado", comenta Esther mientras busca un mostrador para pasajeros en tránsito. En descargo de las instalaciones - fuentes del gestor, de Aena, aseguran que se avanza conforme a la programación-,hay que hacer un bucle temporal y remontarse al martes. Ese día, los participantes firman un contrato por una jornada de siete horas y un salario de 46 euros brutos, que se reducirán a 42 cuando se cobre el próximo mes. La rúbrica se realiza durante una sesión de aleccionamiento, donde ya se les previene: "Que les quede claro que la T1 aún no está concluida".
De vuelta al jueves, los convocados siguen esperando a que les permitan acceder a los cuatro autocares preparados (en plaza Catalunya hay otros tres), que les han de llevar a las instalaciones de la T1 para participar en la séptima prueba global. Se mantiene la calma, pese a que empieza a llover y el cobijo de los vehículos continúa cerrado. Hasta que, por fin, se levantan las barreras y se sale hacia El Prat. A este figurante se le acredita con el número 330. "Han de actuar como viajeros de verdad - indica Carmen, la responsable del grupo marrón-,porque venimos a ver errores".
La mitad del autocar 3 recibe la misión de emprender viaje a Estambul. Les facilitan los billetes. Cuando acceden al edificio, se les da equipaje. El figurante 330 se frustra. Le ha tocado ser un pasajero que aterriza en Barcelona procedente de Santander. ¿Cómo se puede llegar si antes no se ha salido? En medio de este dilema, le ofrecen ser un "viajero especial", en tránsito a Turquía.
Le bautizan. Ahora se llama Gema Amigo Márquez, que coincide con la citada Esther. Ambas acceden a la terminal, por el finger de la puerta B-24, como si hubiesen venido en avión. No ven ni una indicación de dónde se ubican los mostradores de tránsito. Por las pantallas - pocas y pequeñas-descubren que su vuelo sale del bloque E. Hacia allí se encaminan. Un técnico de la empresa Ineco (la ingeniería que supervisora) se pone a rebufo. Gema y su compañera encuentran los mostradores. Cerrados. "Las indicaciones no están bien. Hay otros mostradores, en la dirección contraria". La pregunta es inevitable: ¿por qué no hay más señales?
- No las quieren poner. Los arquitectos pretenden eliminar el máximo de carteles y nosotros, los ingenieros, lo llenaríamos.
Tras otro paseo, en parte por las cintas de caminar - "son cortas y muy lentas en un sitio de estas dimensiones", afirma un señor de edad-,aparece la meta. En el mismo papel en el que se les daba la tarea que cumplir, les escriben el número de asiento.
SEÑALIZACIÓN Los arquitectos de la T1 quieren el menor número de señales y los ingenieros, más
QUEJAS La falta de pantallas de información de vuelos o los tapices de caminar crean dudas
de las instalaciones - fuentes del gestor, de Aena, aseguran que se avanza conforme a la programación-,hay que hacer un bucle temporal y remontarse al martes. Ese día, los participantes firman un contrato por una jornada de siete horas y un salario de 46 euros brutos, que se reducirán a 42 cuando se cobre el próximo mes. La rúbrica se realiza durante una sesión de aleccionamiento, donde ya se les previene: "Que les quede claro que la T1 aún no está concluida".
De vuelta al jueves, los convocados siguen esperando a que les permitan acceder a los cuatro autocares preparados (en plaza Catalunya hay otros tres), que les han de llevar a las instalaciones de la T1 para participar en la séptima prueba global. Se mantiene la calma, pese a que empieza a llover y el cobijo de los vehículos continúa cerrado. Hasta que, por fin, se levantan las barreras y se sale hacia El Prat. A este figurante se le acredita con el número 330. "Han de actuar como viajeros de verdad - indica Carmen, la responsable del grupo marrón-,porque venimos a ver errores".
La mitad del autocar 3 recibe la misión de emprender viaje a Estambul. Les facilitan los billetes. Cuando acceden al edificio, se les da equipaje. El figurante 330 se frustra. Le ha tocado ser un pasajero que aterriza en Barcelona procedente de Santander. ¿Cómo se puede llegar si antes no se ha salido? En medio de este dilema, le ofrecen ser un "viajero especial", en tránsito a Turquía.
Le bautizan. Ahora se llama Gema Amigo Márquez, que coincide con la citada Esther. Ambas acceden a la terminal, por el finger de la puerta B-24, como si hubiesen venido en avión. No ven ni una indicación de dónde se ubican los mostradores de tránsito. Por las pantallas - pocas y pequeñas-descubren que su vuelo sale del bloque E. Hacia allí se encaminan. Un técnico de la empresa Ineco (la ingeniería que supervisora) se pone a rebufo. Gema y su compañera encuentran los mostradores. Cerrados. "Las indicaciones no están bien. Hay otros mostradores, en la dirección contraria". La pregunta es inevitable: ¿por qué no hay más señales?
- No las quieren poner. Los arquitectos pretenden eliminar el máximo de carteles y nosotros, los ingenieros, lo llenaríamos.
Tras otro paseo, en parte por las cintas de caminar - "son cortas y muy lentas en un sitio de estas dimensiones", afirma un señor de edad-,aparece la meta. En el mismo papel en el que se les daba la tarea que cumplir, les escriben el número de asiento.
Falta más realidad
ELOGIOS La iluminación natural es uno de los componentes más alabados del edificio
DETALLES El grueso del trabajo pendiente se centra en la conclusión de tiendas y restaurantes
"Todavía no hay puerta asignada". Detrás, cuatro amigas aguardan para hacer la misma operación, pero con destino a Cayo Coco. Entre ellas Maria Queral, la vecina de Rubí que nunca ha volado. "¿Viajar? Cuando me casé fui a Italia en autobús y otra vez estuve en el Pirineo aragonés".
La supuesta Gema se dirige hacia el bloque E, lo que supone pasar del filo a la empuñadura de esta espada a la que se asemeja el edificio. El camino es largo. Por en medio se ven las muchas cosas que se están ultimando, haciendo instalaciones de servicios, cambiando piezas defectuosas o que habían quedado mal. Unos pulen, otros montan las tiendas y restaurantes, que han de estar listos entre el 20 y el 30 de mayo. Resulta evidente que falta un baldeo a fondo - todavía no es el momento-,aunque alguien que haya estado antes se convence, al contrario que los novatos, de que a la obra sólo le faltan detalles.
Sorprende que no se ve ni un reloj. Bien, hay uno, digital, pequeño y condenado a las 19.49. Tampoco hay papeleras, ni, sobre todo, carritos, lo que rebaja, y de forma notable, la credibilidad del experimento. Esto empeora en el control policial, por el contraste de su profesionalidad.
Debe advertirse que policías, guardias civiles o empleados de las compañías son reales y hacen su trabajo como harán cuando se abra el recinto. Los agentes impiden el paso a Gema y la otra viajera. "No les han dado tarjeta de embarque". Un chaqueta verde - organización-les aclara, previa consulta, que en el mostrador de tránsito se habían quedado sin las cartulinas de embarque y han hecho ese remiendo. A los uniformados no les queda más remedio que permitir el acceso, a regañadientes, algo decepcionados y más cuando comprueban que ni siquiera el nombre real del figurante, que entrega su pasaporte, coincide con el del papel billete.
Una vez pasado el control, estas dos viajeras - porque él también es ella-se encuentran con el resto de los que van a Estambul. La espera puede parecer como la vida misma. Deja de serlo cuando uno de los supuestos pasajeros descubre que han cancelado el vuelo. Se dirige al acceso de embarque y las operarias ni sabían lo de la suspensión. "¿Se ha enterado por megafonía?", le pregunta. "Imposible. Aquí no se escucha. Lo he visto en la pantalla, en una de las pocas que hay".
Desconcierto. No saben qué ruta dar a los viajeros para que recuperen sus maletas. Tampoco hay una oficina de información, ni de reclamaciones. "¡Que esto es sólo una simulación!", exclama la empleada. "Ya, pero a nosotros nos pidieron que hiciéramos de pasajeros". Despejado el camino, la operación de dar con el equipaje eleva la calidad, puesto que, siguiendo los carteles, encuentran las cintas y sus pertenencias.
Es hora de comer en la cantina (ensalada, bocadillo y yogur). Fluyen los comentarios. En un grupo, esperan que en la segunda oleada les toque algo más intenso que "ir a buscar el equipaje, que ha sido muy fácil". Las de Cayo Coco lamentan que en su ventanilla de tránsito el empleado de la compañía se ha retrasado, por lo que, sumado a que se le ha estropeado (en serio) el ordenador, la mitad del pasaje ha perdido el avión. Maria Queral dice que falta tensión. Sus amigas asienten. Sandra elogia "la luminosidad natural de la terminal, que hace que sea más agradable que otros aeropuertos, tan oscuros". Su reproche se centra en las pantallas de información. "Están a muy poca altura, un niño las toca". Unas jóvenes que han hecho la salida censuran que les han guiado en exceso a la hora de ir al checking, pero les han hecho descalzarse e incluso las han cacheado.
A Gema la transforman en Pedro López para ir a Lyon, en una simulación en que se controla en exceso el número de personas que acceden a facturación y las colas son inexistentes. A este figurante le cogen para una prueba de maleta con sobrepeso. Cuando le toca, la empleada de Iberia - no le gusta el juego entre su silla y la cinta transportadora, que le obliga a contornearse para etiquetar la bolsa-le aclara que no se hace "el evento del sobrepeso".
El vuelo a Lyon sale puntual. Fin del trayecto, del que no hay imágenes por expresa prohibición al firmar el contrato. El figurante 330 devuelve la acreditación y se va a otra travesía, mientras la mayoría de sus compañeros se apunta para repetir.
La fecha de inauguración es una de las cuestiones en las que más insisten los viajeros imaginarios
Cuando diga la ministra
F. PEIRÓN - Barcelona
La curiosidad de los figurantes también se centra en cómo serán los accesos al recinto y entre terminales
Andrés, un señor argentino, lleva desde el 2003 en Barcelona. "Aquí puedo programar mi vida a cinco meses vista o cinco años. En mi país, ni a 72 horas". Va probando experiencias que él considera únicas. Participó en uno de los mosaicos del Barça, en el Fòrum y ahora prueba la T1. De entrada le parece mal el acceso por carretera, que será el único que habrá cuando se inaugure.
Ciertamente, el camino está mal, y más en un día lluvioso. Un barrizal que provoca un movimiento desmesurado en los viajeros de los autocares de figurantes. Pero esa no es la ruta real. La prolongación de la C-31 continúa en obras, pero todo apunta a que casi está. Los carteles indicadores ya orientan en una carretera que se prevé lista a principios de mayo. Las moles de los aparcamientos aguardan a que se les dé uso. Incluso han colocado las indicaciones de la zona correspondiente a coches de alquiler.
Los figurantes son curiosos. Y una de las cosas que más les llaman la atención es esa desconexión de una infraestructura de estas dimensiones. Más de uno y de dos, muchos, se preguntaban cuándo llegarán el tren y el metro. También les creaba desconcierto cómo se hará la relación entre la T1 y la T2 mientras no haya estos servicios. La respuesta la dio Aena hace ya un tiempo: habrá buses lanzadera entre ambos recintos, con una frecuencia de entre tres y cuatro minutos.
A pesar de la sensación de que hay mucho tiempo muerto durante las simulaciones de salidas y llegadas de vuelos, los ciudadanos que colaboran en estas pruebas salen satisfechos. Tienen la sensación de ser unos pioneros, pero también es una forma de sacarse un salario por pequeño que sea. Hay muchos estudiantes y parados entre los simuladores.
De vuelta, en el autocar, una de las cuestiones más recurrentes es el futuro de las instalaciones. Predomina la idea de que falta bastante trabajo por hacer, pero las empleadas de la organización les aclaran que en sólo los quince días que llevan con estas pruebas el cambio ha sido enorme.
¿Y la inauguración? "Dicen que en un par de meses y medio o tres, pero eso depende de la ministra". Así les responden.
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