De la Vanguardia en paper d'avui:
EL ÁLBUM
La estación del carril de Sarrià
LLUÍS PERMANYER
Pese a que el primer proyecto databa de 1847, la inauguración no llegó hasta 1863
El 23 de junio de 1863 hubo repique de campanas. Era la alegría motivada por la inauguración del ferrocarril de Sarrià. No se trataba de una exageración y el fundamento era doble. Lo primero, que por fin estuvieran bien comunicadas la ciudad y la villa; lo segundo, el triunfo que hacía olvidar aplazamientos y fracasos.
Yes que databa de nada menos 1847 el primer proyecto. El Gobierno de S. M. no dio su aprobación al tendido de un ferrocarril hasta 1853. Y a partir de entonces se registraron un par de fracasos empresariales.
Todo el mundo estaba de acuerdo en que importaba unir las dos poblaciones, pues la conexión era precaria. Estaba basada en un sistema de carruaje sencillo, aunque lo peor fuera el estado del recorrido. De ahí que el ingeniero de caminos Ildefons Cerdà hubiera proyectado en 1847 y por encargo público la carretera de Sarrià.
El día después de la inauguración, por ser la festividad de Sant Joan, ya se realizaron 33 viajes; tales aglomeraciones se registraban, mayormente de curiosos, que fue necesario poner orden.
El camino de hierro cubría cuatro quilómetros y medio, y la locomotora era de vapor. Había sido construida en Inglaterra. Circulaba a cielo abierto por la calle Balmes, aupada en un terraplén; tan elevado era, que, al ser tendido el ferrocarril de Mataró, fue obligado hacerlo pasar por un túnel. Era pues un obstáculo físico considerable, y dio pie a que el lenguaje popular incorporara entonces unos topónimos del Eixample destinados a pervivir hasta hoy: esquerra y dreta.
Es sólito considerar el ferrocarril de Sarrià como el primer tren urbano de España y el segundo del mundo, a renglón seguido del metro londinense.
Barrunto que es exagerado tener por urbano aquel recorrido, que entonces unía dos municipios aún independientes y más bien alejados.
Los barceloneses le tenían menos respeto del que sin duda merecía, lo que provocaba atropellos frecuentes. Para evitar esos trágicos accidentes, fue levantada una doble valla de madera, que recibió una mano de pintura verde y poco después almagre; pero también se la saltaban a la torera.
Lo peor fue cuando el tren se empotró en la cabina del jefe de la estación; corría 1885. Pese al empuje no destruyó ese edificio de la fotografía, de una desesperada banalidad ferroviaria. Lo grave era que fue la segunda construcción puesta en pie en la pretenciosa plaza de Catalunya; la primera había sido la casa Manuel Gibert, de 1860, que por algo inauguró la construcción del Eixample.
Ese edificio dispuso, al poco, de una cantina; quién iba a decir entonces que allanaba así el camino a un establecimiento que se ha ganado la estima de barceloneses y foráneos: el Zurich.
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